lunes, 4 de enero de 2021

N -7 Reflexión sobre la pandemia del coronavirus y la enfermedad COVID19

 

Salvar el verano (también lo desglosan en salvar la semana santa, por ejemplo). Ya llegan las vacunas. Estos dos mensajes, que entre los políticos son como dos emplastes que aspiran a conllevar la pandemia y abrir una esperanza temporal -mayo es el objetivo, según Salvador Illa-, no son más que otra versión de lo que oíamos en mayo pasado; hay que salvar el verano, por el turismo, y hay que convivir con el virus. Ya sabemos que no salvamos el verano y que no hemos aprendido a convivir con el virus. Veremos qué pasa con las vacunas y con el verano que viene. Más aún; los regates con las medidas de casi todas las comunidades autónomas no son más que intentos de conseguir indicadores rebajados para abrir la mano en las fiestas de navidad, con el resultado que, por experiencia, podemos esperar, la tercera ola.

Según dicen estamos en la segunda ola de la pandemia, aceptando con estas palabras que el aumento de contagios y muertes está causado solo por el coronavirus, y que las conductas “arriesgadas” de las personas no tienen nada que ver. Es una licencia ética, creo yo, al igual que calificar al número de contagiados y de muertos como “preocupantes”. ¿Solo una “ola”? ¿Solo “preocupantes”?

Lo actual es que seguimos conviviendo bastante mal con el virus, como no podía ser de otra manera. Esta convivencia está provocando miles de contagiados, miles de enfermos (con secuelas), y cientos de ellos en las UCI (fallecidos o con secuelas graves). Frente a esta realidad la política (los políticos y sus decisiones) asumen con bastante facilidad el dolor y la muerte de la COVID 19.

El número de muertos impresiona y, quizás ya no tanto como al principio de la pandemia, pero olvidamos a los contagiados que se salvan con secuelas. La política sigue empujando a la convivencia con el virus, y no se lanza a tumba abierta para reducir - ¿a cero? - los contagios, no solo la incidencia de los últimos catorce días, y por lo tanto los muertos.

Además de convivir con el virus hemos aprendido a vivir con los contagiados y con los muertos. Uno de los “científicos” que habló hace meses en una entrevista pronosticó que la pandemia acabará cuando el número de muertos al año sea asumible socialmente; al igual que convivimos con los miles de muertos anuales por la gripe común (¿por qué común?), o con los cuatrocientos mil fallecidos por la malaria; nos falta saber ese límite social para aprender a convivir con el virus. Entonces nos dirán, y seguro que diremos, como oímos y dijimos en junio pasado, que hemos vencido al virus.

 

 

domingo, 11 de octubre de 2020

N -6. Reflexión sobre la pandemia del coronavirus y la enfermedad COVID19.

 Cuando la pandemia del coronavirus se desató en 2020, Estados Unidos, como otros muchos países, no  estaba preparado. Pese a las advertencias realizadas el año anterior por varios expertos en salud pública sobre el riesgo de un contagio viral a escala mundial, e incluso pese a que China ya estaba enfrentándose al brote en enero, Estados Unidos no disponía de suficiente capacidad para llevar a cabo los tests generalizados que podrían haber contenido la enfermedad. A medida que aumentaba el número de contagios, el país más rico del mundo se veía impotente para suministrar siquiera las mascarillas y otros elementos protectores que el personal sanitario y de atención personal necesitaba para tratar el alud de pacientes infectados. Los hospitales y los gobiernos de los estados se encontraron pujando unos contra los otros para conseguir test y respiradores para salvar vidas.  

Estas líneas son el primer párrafo del prólogo, firmado en abril de 2020, del libro de Michael J, Sandel, La tiranía del mérito. No lo traigo a colación ni para justificar ni para explicar nada de los que nos pasa en España; lo he hecho para ser consciente de que estamos inmersos en el centro de una pandemia universal, cuyo control depende, en el fondo, de las conductas individuales. Navarra ha optado ayer por recomendar  a sus ciudadanos que se queden en casa, seguramente para no pasar por el TSJ de su comunidad y ganar tiempo. Cada uno decidimos qué riesgos somos capaces de soportar guiados, seguramente,  por el miedo a verse infectado -o afectado-, y a la vez cumplimos: mascarilla, manos, separación de los otros, espacios abiertos, etc. Lo hacemos a pesar de que científicos y políticos nos llevan al maltraer con sus guerrillas y opiniones no coincidentes, porque el sentido común corregido por el miedo todavía existe en una mayoría de nuestros conciudadanos.

En estos meses las cadenas de tv han rebuscado las películas que se filmaron con la intención de distraer al público, pero que hoy se ven como un pronóstico que se ha hecho realidad. Algunos, es posible, que hayamos recordado la obra de Ibsen Un enemigo del pueblo.( Se puede ver la obra entera en:://www.rtve.es/alacarta/videos/estudio-1/estudio-1-enemigo-del-pueblo/861893/ ). Pero esta mañana, mientras me duchaba, he oído y atendido durante dos o tres minutos a una versión del final de esta obra de teatro no escrito por Ibsen, sino parafraseado por el periodista que estaba hablando: al final el alcalde consigue mantener abierto el balneario que da de comer al pueblo, a pesar de su contaminación, y a la temporada siguiente el balneario está casi vacío, y el alcalde  dice "pero si solo murió el 1%".

En España, a fecha de ayer,  hemos acumulado un total de 861.000 de afectados por la COVID 19, que representa el 1,836 % del total de la población. Los fallecidos por enfermar de la COVID 19, con PCR que confirma su enfermedad, eran, a día de ayer, 32.929, que representa el 3,823 % de los afectados. Ignoro si estas cifras responden a la realidad porque sabemos hace tiempo que las cifras, en esta sociedad informatizada -quizás no muy concertadamente-, bailan todos los días, y cada día  se corrige lo contabilizado hace dos o tres semanas.  

Lo que Sandel narra en el primer párrafo del prólogo de su libro, lo hemos vivido en España, y estamos, en toda España, trasteando con la pandemia y las medidas para ir contra el virus, porque estas parecen escasas y tardías -eso dicen algunos especialistas, "científicos", tras los que se escudan los políticos, todos y de todos los países de los que la prensa da noticias-.  La valoración de estas cifras, o las que realmente sean, me dicen dos cosas; una, que son muchas infecciones y muchas muertes; la segunda, que menos mal que disfrutamos de instalaciones sanitarias -no suficientes, claro-, de profesionales de la sanidad y de fármacos que permiten hacer frente a los contagiados siempre que no aumente mucho la cifra y colapse las instalaciones y sanitarios existentes.  No sé comprobarlo y, por ello, no lo puedo decir con seguridad; es posible que el atasco de la atención primaria -en España- está impidiendo la llegada de enfermos -incluidas todas las dolencias- a los hospitales.

Esta pandemia también nos ha traído alguna cosa más, y tampoco buena. La desigualdad económica-social, dicen periódicos, ha aumentado; los ricos son más ricos, y los pobres más pobres. Reconociendo las decisiones del gobierno español para atender a los más desfavorecidos, ayer, buscando otra información en la red, llegué conscientemente al decreto del IMV, y sigo hundido en la miseria. La tramitación, la justificación de los requisitos y las cuantías de la ayuda, me parecen piezas de un laberinto y la ayuda real en euros otra miseria; recordé, además que el ministro de seguridad social ha pronosticado que alrededor de la mitad de las solicitudes se resolverán negativamente.

Algo más, sin que condicione el final. No estaría mal saber a cuántos enfermos de la COVID 19 ha y está atendiendo la sanidad privada, y cuántas personas con póliza privada han tenido que irse a la sanidad pública y por qué. Que yo recuerde solo he oído hablar de la sanidad privada a propósito de las residencias de ancianos -perdón, tercera edad-, al reconocer que los residentes enfermos con seguro privado sí que habían sido hospitalizados, en hospitales y clínicas privadas.


jueves, 24 de septiembre de 2020

N -5. Reflexión sobre la pandemia del coronavirus y la enfermedad COVID19.

La COVID 19 me -ignoro si llega a ser "nos"-  ha cambiado la vida; con más precisión, ha trastocado los modos y ritmos de mi vida diaria, semanal, mensual y anual. Es verdad que esos giros y cambios han ocurrido casi subrepticiamente, se han colado en mi vida casi de rondón. Hay que recodar cómo vivía hasta el 8 de marzo de 2020, y como lo hago ahora.

Todos esos cambios han sido, en gran parte, asumidos sin opción, porque hay que defenderse del coronavirus y de la enfermedad que induce. El principal cambio es éste que acabo de enunciar: defenderse. 

Hace unos cuantos años para salir de casa, además de vestirme, no podía olvidar las llaves de casa, la cajetilla de tabaco y el mechero. Hace ya muchos   años que no necesitaba el tabaco y el mechero. Hoy no puedo olvidarme de la mascarilla y del gel hidroalcohólico. Solo uso dos tipos de mascarillas; la KN95, que dentro de unos días quedará prohibida en la UE y sustituida por la FFP2, si tengo previsto entrar en supermercado, en el mercado o en otras tiendas, y la quirúrgica si estoy seguro de que solo salgo a hacer marcha para mantener la masa muscular.

La marcha matinal ha cambiado. Para empezar busco recorridos en los que haya poca densidad de población en las aceras. También vigilo no ir detrás, relativamente cerca, de una o unas personas, huyendo de los restos de saliva que puedan ir dejando en el aire. Lo que antes de esta pandemia era un agradable acto de recreo, hoy entra en el paquete de defensa frente al virus.

Antes de  la pandemia para ir a tomar unas cañas con amigos, salir a cenar con ellos, ir al cine con mi mujer, la misma marcha matinal, ir tranquilamente al mercado o al supermercado, no requería precauciones, salvo llevar dinero y las llaves de casa.

Muchas tardes, casi todas, de la semana, las dedicaba a leer, pero tenía abierta la posibilidad de muchas alternativas igualmente culturales y satisfactorias, y optar por estas segundas requería solo adquirir las localidades. Desde el 9 de marzo de 2020 solo me queda la lectura y la música.

Mi mujer y yo hemos disfrutado de un mes de veraneo en dos sitios distintos. La solución en ambos: crear una burbuja. En Jávea hemos sido ocho personas convivientes, en tres chalets, y nos lo hemos pasado muy bien, pero dentro de la burbuja. En Almería la burbuja incluía mi hijo pequeño, su mujer y sus dos hijos; y, por si acaso, todavía hemos ido un poco más allá, y hemos dormido en un apartamento, y no en el chalet de mi hijo.

Al desgaire. Hemos abandonado, e ignoro si está bien, la obsesión de lavar con lavandina cualquier objeto que entraba en casa. También nos hemos olvidado de restregar con lejía las superficies de la cocina y de cualquier sitio de la casa. Las superficies ya no están infectadas, digo. Lo recuerdo para cuestionar los vaivenes, aunque no los discuto; han hecho lo que han podido.

Al desgaire.  Creo, o me parece, que en España están jugando, trasteando dicen los taurinos, con decisiones poco molestas, a la espera de las vacunas. Y pretenden que entremos al trapo, cuando todos podemos ver, oír y leer.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

N -4. Reflexión sobre la pandemia del coronavirus y la enfermedad COVID19.

 El lunes pasado, 31 de agosto de 2020, mi paseo matutino me llevó a embocar la calle Apolonio Morales desde la Plaza Madre Molas, y al vislumbrar el cruce con el Paseo de La Habana vi, de nuevo, al mendigo que en el mes de julio, cuando nos dejaron pasear libremente sin limitaciones de tiempo ni de distancias, no estaba en el sitio que ocupa desde hace varios años; en verano, en la acera de la derecha, a la sobre de unos árboles, y en invierno en la de la izquierda, al sol. Era la misma persona, y el saludo que el conserje del portal cercano le dedicó me lo confirmó.

Al acercarme, comprobé que había aumentado sus enseres; una silla de jardín, sin brazos, y un sillón de jardín de plástico, de los que se fabrican de un pistoletazo; una alfombra enrollada y colocada sobre un carro de supermercado. La ropa que vestía me pareció menos ajada que la que guardaba en mi memoria; la novedad era un sombrero de paja algo destartalado.

Sentí una gran alegría, porque su ausencia en julio pasado presagió su  muerte por la COVID 19, cómo no. Nunca he hablado con él, ni le he saludado. Pero es una persona que está presente en mis paseos, aunque discurran por otros derroteros. Ha elegido un puesto de mendicante por el que pasamos muy poca gente, y me intriga su elección, porque en menos de un kilómetro a la redonda puede encontrar otros puestos con más concurrencia de personas. Sus intereses tendrá.

Me encantaría decidirme a hablar con él y que me contara qué piensa o cree sobre un montón de asuntos. Aparentemente tiene todo el día para elucubrar esquemas de comprensión; bueno, ¿todo el día?, no lo sé; a lo mejor tiene horario de trabajo, al igual que su colega de profesión que se aposta a la puerta de un supermercado cerca de casa hacia las 10:30 y termina su jornada antes de las 14:00; viene en metro a trabajar. Lo sé porque en un viaje de metro hacia la estación de Atocha, le vi en una estación de la línea 1, desde la que puede empalmar con la linea 10 que le deja a quinientos metros de su puesto de trabajo. 

Sabemos que tener trabajo hoy es un premio, y si está justamente pagado, es un premio gordo. No consideramos que pedir limosna sea un trabajo; es más, muchos creemos que es una las vergüenzas de la sociedad, el último escalón de la desigualdad.

Addenda (07/10/2020). Ser mendigo es el penúltimo escalón de la desigualdad. El último es morir de hambre.     

viernes, 17 de julio de 2020

N -3. Reflexión sobre la pandemia del coronavirus y la enfermedad COVID19.


Ayer, jueves 16 de julio de 2020, cuatrocientas personas representaron a millones de españoles en un acto civil (excepto manifestaciones, es el primer acto civil organizado por el Estado), sin obispos y sus capisayos, y sin hisopos e incensarios, para recordar y decir adiós a todas y todos los muertos por la COVID 19, y para agradecer a miles, muchos miles, de españoles su trabajo regular durante el confinamiento y después del mismo para que la nación siguiera en marcha.

Salvo la intervención de Felipe VI, las dos efectuadas por dos personas de la sociedad civil tuvieron un tono elegíaco, perfectamente adaptado al acto en el que hablaron. El renacer de la civilidad, que atrajo también a todas las confesiones religiosas, pero colocadas en su escalón social, dejó en la papelera cualquier referencia a un estadio posterior al fallecimiento que edulcora el luto, igualó a los civiles y a los políticos en el protocolo, los círculos concéntricos -sin estrados especiales- igualó a todos los presentes, y por ello a todos los ciudadanos.

Tertuliano dejó escrito que el cielo -esa opción posterior al fallecimiento que aparece en todos los actos de difuntos cristianos- era el reino de Dios, por supuesto, y disponía para gozo de los bienaventurados de una terraza a la que asomarse para ver, en el fondo, el sufrimiento de los condenados al infierno. Se cuente como se cuente la realidad del reino de Dios tras el Juicio Final, y del que ya disfrutan los bienaventurados tras su muerte, nunca podrá reducir a un valle de lágrimas la vida de hombres y mujeres. Nuestra realidad es, sobre todo, una vida llena de ilusión y de ganas de vivir hasta el último segundo.

El silencio del acto de ayer, solo roto por la música y por la palabra -elegías, solo dos, unos, pocos, versos, y un parlamento de circunstancias del rey de España-, guardará siempre en la memoria la muerte indiscriminada de más de veintiocho mil compatriotas, y reivindicará que no ha habido héroes, sino personas; ambos desde mediados de febrero de 2020, un mes antes del decreto de alarma, aunque no entren en las estadísticas.

Entran en las estadísticas sí, en este caso casi a  pie forzado, los desencuentros de parte, minoritaria por cierto, de la población española, tengan o no permiso de residencia, unos por ausencia no excusada de conciencia social y otros por injusticia de la vida, que incrementan  diariamente el número de contagiados por coronavirus, poniendo en peligro inminente los márgenes de libertad de movimientos que podemos disfrutar y, sobre todo, la vida de centenares de compatriotas, que siguen incrementando el total de fallecidos.

El llanto por los fallecidos y el respeto -o miedo- a la pandemia vigente, serán hueros si quedan enterrados en el Patio de Armas del Palacio Real de Madrid.

 

Eduardo Ferrer Grima.

Madrid.

17.07.2020

Siendo las14:43.

 


viernes, 10 de julio de 2020

N -2. Reflexión sobre la pandemia del coronavirus y la enfermedad COVID19.


Hace tres o cuatro días volví a pasar por la dos esquinas que forma la calle Apolonio Morales al cruzarse con el Paseo de la Habana. Durante los meses de calor, en la acera de la derecha. porque hay sombra, y durante los meses de otoño e invierno en la acera de la izquierda, porque hace un buen sol, solía, en los años anteriores a la pandemia  provocada por el coronavirus, asentarse un mendigo (¡qué digo!, seguramente esta calificación no sea correcta políticamente; ¿valdría "persona excluida socialmente que ha optado por acudir a la compasión y piedad de sus compatriotas" para armar un ecosistema con el que subvenir a sus necesidades básicas: comer, vestirse, etc.? ¿o resultaría mas aceptable para los garantes de lo políticamente correcto "persona que ha aceptado la condición temporal de mendigo para poder subvenir a...? ¿incluso sería mejor "persona que, por circunstancias socio-económicas varias, ha llegado a verse socialmente excluida", y recurre, forzado por las circunstancias, a la mendicación para subvenir a...?

Sea lo que sea más correcto para no incomodar a quienes se han erigido en censores léxicos, que se ocupan de que usemos unos términos que, sin obviar la realidad, marcan pautas para que la denominación de  la realidad, en este caso la de un pobre mendicante, no resulte ofensiva o denigrante para la propia persona mendicante, y a la vez (pura ironía hasta el final de este párrafo. Lo aclaro para evitar interpretaciones ajenas a mis intenciones)  pueda ser  objeto de estudio sociológico con el fin de delimitar la dimensión numérica de esta personas, su distribución geográfica, las causas que determinan la exclusión social, los aspectos psicológicos que contribuyen a esa misma exclusión, qué procesos de formación podrían ayudar a salir a esta personas de la situación social en la que han caído (por eso deben asumir una parte importante de responsabilidad, como defienden muchos economistas y millonarios), qué organismos podrían o deberían hacerse cargo de diseñar diferentes escenarios de tratamiento político-asistencial, etc., hasta llegar a pergeñar un presupuesto económico, incluyendo qué organismos deberían administrar esos fondos, con la máxima transparencia. Esta transparencia debería afectar a la libración de fondos, a las características personales de las personas afectadas que darían derecho a entrar en los programas finalmente aprobados, al número real finalmente atendido, a los resultados de las actuaciones, a la clarificación de las personas elegidas que abandonan el programa y por qué. A lo largo de las actuaciones deberían modificarse, con flexibilidad, las previsiones irrealizables, las previsiones erróneas, y cualquier otro extremo que necesite aclaración, rectificación o modificación.

Que consten estas precisiones, para que pueda relatar lo que yo veo evitando todos los riesgos de olvidarnos de esa persona que pide limosna para poder vivir. En primer  lugar, recordaré que esta persona de la esquina de la calle Apolonio Morales, me permitió seguir la evolución económica de todo el país. Inicialmente esta persona se sentaba en el suelo, rodeado de sus pocos enseres; unos meses después me lo encontré sentado en una silla de tijera; un tiempo después, sentado en un sillón confidente de despacho; pasados otros meses su estatus descendió a una silla de jardín, para, tras otro tracto temporal largo, con gran pesar mío había  vuelto al suelo. Mis comentarios durante cada cada época hacían coincidir el estatus sedente del pobre mendigo con la marcha económica del país (según Jellinek, País es un término de derecho político, que acuña el autor,  que diferencia de Estado -o Imperio-,  de municipalidad  y de estado federal, a entidades políticas que no se ajustan a la doctrina oficial). No repetiré dichos comentario porque pueden leerse en este mismo blog.

Añado, ahora, cuando convivimos, oficialmente, con el virus y la enfermedad COVID 19, que el pobre mendicante ya no está en ninguna de la dos esquinas de la calle Apolonio Morales, en su cruce con el Paseo de La Habana. Ignoro qué haya podido ser de él, pero la realidad es que ya no está donde durante unos años apuntaló su vida. El hecho constatado de su no estancia, y obviando las variables de su propia realidad, me da pié para confirmar que la pandemia en la que vivimos sí está modificando la vida de mis compatriotas. La modificación más evidente y dolorosa es la muerte de miles de ellos; evidente también que millones de compatriotas están en el paro laboral; evidente también que un porcentaje muy alto de los tres millones acogidos a un ERTE tiene grave riesgo de acabar en el paro laboral; evidente también que un 30% de mis compatriotas-según Intermón- está al borde de la exclusión social; las colas para recibir comida evidencian que un 26% de compatriotas no tiene otro modo de acceder a la comida; también parece evidente que el mundo laboral puede transformase radicalmente si el teletrabajo se generaliza y los contratos laborales hoy legales van perdiendo vigencia por la fuerza de los hechos, cuando muchos puestos de trabajo se conviertan en autónomos, y no necesariamente deberán ser mis compatriotas quienes los desempeñen.

Como muchos de los escribidores como yo, sé contar lo que veo y lo que -ojalá con error absoluto-  intuyo para los días, semanas, meses, años, quinquenios y decenios. Pero no tengo ni propuestas ni respuestas. Esta pobreza intelectual mía, me duele mucho, y son este dolor y pena los que me empujan por los traseros de mi conciencia a escribir que, junto con las charlas con los amigos y familiares, es lo único que ahora sé hacer. A lo mejor, si la sociedad civil se ahorma y decide a actuar con criterio y fuerza frente al Leviatán para que modifique y asegure los apoyos que necesitan todas las personas en este estado de las cosas - de la res publica- me sentiré con fuerzas para, junto con todos, forzar al Leviatán a hacer realidad un mejor estado de bienestar, unas estructuras financieras y fiscales nuevas y eficaces para todos (para el bien común), para expandir la justicia social con todo su esplendor.

Madrid, a las 7:48, del día 11 de julio de 2020.

miércoles, 24 de junio de 2020

N-1. Reflexión sobre la pandemia del coronavirus y la enfermedad COVID19.




El puesto de observación que la sociedad me ha asignado tiene unos ángulos de visión y unas perspectivas más bien escasos y cortas. Pero sigue siendo un puesto, o punto, de observación. Desde ese puesto he podido escribir dos reflexiones, y me atrevo a iniciar la N-1, con la interna ilusión de llegar a la primera que, seguramente, no comprenderá los dos fenómenos, el virus y la enfermedad que acarrea en su loca y dispersa carrera.

Como en muchas columnas de opinión de la prensa diaria, lo que se escribe surge de una idea o una cita de un libro que el autor ha leído o está leyendo; normalmente estos opinadores utilizan libros recientes o de escasa difusión. El colmo de esta argucia, que yo sepa, y porque fui protagonista, afecta a un catedrático de Historia del Arte en la carrera, denominada en esos años, Filosofía y Letras -esclava ya del arte cisoria que se dedica a dividir lo que es uno-, que tenía expresamente prohibido preparar el examen mediante los resúmenes de la historia del arte de Azcárate; olvidé conscientemente la prohibición; “arte minoico” fue el enunciado del tema a desarrollar en el examen escrito -la precisión de “escrito” no es gratuita, porque en aquellos tiempos eran habituales los exámenes orales-; la respuesta en aquellos resúmenes prohibidos se contenía en una sola página, que más o menos fotocopié gracias a la memoria fotográfica de la que hoy carezco, e incluí la única cita que se contenía en todo el libro; no recuerdo lo que decía, pero era de Zimmerman, que nunca he sabido quién era ese personaje. No era difícil para el corrector descubrir mi desobediencia. Pero la papeleta con la nota decía “matrícula de honor”. 

Al hilo de lo dicho transcribo unas líneas de uno de los libros que tengo empezados.

Que una enfermedad se convierta o no en epidemia depende de cuatro factores: su grado de letalidad, su capacidad para encontrar nuevas víctimas, lo fácil o difícil que sea de contener y lo susceptible que resulta a las vacunas.
[…]
En realidad, es extraordinario que no haya desgracias más a menudo. Según un cálculo publicado por Ed Young en la revista Atlantic, el número de virus de las aves y mamíferos que tiene el potencial de saltar la barrera de la especie e infectarnos también a nosotros puede ser de hasta 800.000. Eso supone un gran peligro potencial.

(BRYSON, Bill, El Cuerpo Humano. Guía para ocupantes, RBA Libros, Barcelona, febrero de 2020. Aclaro que el original en inglés se publicó en 2019 en Gran Bretaña).

(La cita de Young: “The Next Plague Is Coming. Is America Ready?”, Atlantic, julio-agosto de 2018).

Las fechas de publicación de estos escritos y citas confirman que sus autores ni sospechaban que en unos meses o dos años largos la infección provocada por un virus llegaría a ser una pandemia. En esas estamos.

La pobreza de mi puesto de observación es evidente. Es un libro publicado antes de la pandemia en la que vivimos el que me sirve de observación para calibrar cuál y cómo es lo que estamos viviendo.

¿La realidad? También la observo, claro; leo prensa diaria y revistas (de pensamiento, ¡eh!), blogs conocidos, guasaps, filmes   - muchas veces de los años cincuenta-. Una de las películas que más me gusta es “El sueño eterno”, en primer lugar, por el título, claro, y también…por…, no recuerdo por qué más. Entre libros, hablando de títulos, hay dos que de vez en cuando me rondan; “La insoportable levedad del ser”, “La primacía de la sociedad civil”.

¿La realidad? Hoy en día, para salir de casa, además de lavarse, afeitarse, vestirse, desayunar, coger las llaves, el bote de líquido hidroalcohólico, la mascarilla, las gafas de sol para proteger los ojos, y, en mi caso, el sombrero para proteger mi frente y nariz del sol, hay decidirse a adoptar en la calle un ritmo algo acelerado para recuperar masa muscular. Antes, hacía muchas menos cosas para salir de casa, y durante bastantes años, no olvidarse del tabaco y del mechero -o encendedor, para los más jóvenes, porque no creo que hayan tenido en su mano un mechero auténtico-; y salía para ir a algún sitio concreto o solo para pasear.

¿La realidad? En muchos momentos de la marcha para recuperar masa muscular, debemos ir driblando a distancia a las personas que nos anteceden y las que nos vienen de cara, con el objeto de mantener dos metros de distancia “personal” por si acaso.

¿La realidad? Que cuando me he sentado en una terraza al aire libre, por supuesto, y con una caña delante, me quito la mascarilla, y vigilo a quién tengo enfrente y a qué distancia, y a quién tengo a derecha e izquierda para ver si pueden infectarme, que, sépase, no es lo mismo que contagiarme. Curiosamente, tras dos o tres horas sin mascarilla, ninguno de los contertulios -amigos o familia, por supuesto-, se olvida, tras pagar la cuenta, de colgar de sus orejas la mascarilla que ha andado durante esas horas por el bolsillo de la camisa o en cualquier bolsillo, incluso encima de la mesa al lado del móvil. Es como si volviéramos a la realidad: el virus vuelve a estar presente. Durante unas horas hemos disfrutado de la bebida, de la comida, de la charla, y…casi nos hemos olvidado de la COVID19.

Eduardo Ferrer Grima.
Madrid, 24 de junio de 2020.
A las 20:37