sábado, 18 de noviembre de 2017

Fenomenología del vigésimo segundo sueño.



Fenomenología del vigésimo segundo sueño.


1. Encuadre y encaje.

·       Desnudo(s).
·         Separats per collons. No es una candidatura, es una enrabiada.

2. Fenomenología del vigésimo segundo sueño.

Al llegar a la Plaza de Castilla, en la equina del Canal de Isabel II, giré a la derecha, entrando en la calle Mateo Inurria, porque si hubiera paseado por la otra acera, la de los impares del paseo de la Castellana, habría llegado a los Juzgados,  esquina que acumula bastante policía en la misma acera, y girando a la izquierda, por la calle Bravo Murillo, suele haber a esas horas bastante ir y venir de muchas personas.

Nada más entrar en la calle de Mateo Inurria, sin dejar de andar, empecé a quitarme la ropa que llevaba puesta, poco a poco, sin prisa. Recuerdo que en este momento del sueño, si es que los sueños son temporales, me dejaba llevar por  un impulso instintivo; no respondía a un plan previsto; tampoco estaba sorprendido por acabar, a los pocos metros, solo con los calcetines y los zapatos. Estaba desnudo, y no tenía frío, andaba por la acera con brío y bastante altivez, mirando al horizonte, para comprobar  los gestos de las personas que me adelantaban por detrás y la cara y los gestos, incluso aleteando las manos,  de las personas que encaraba de frente.

U n par de horas después de despertarme, creo recordar que andaba contento, porque ya no era yo quien miraba a las personas con las que me cruzaba. Por fin eran ellas las que quedaban, por lo menos, absortas ante la naturalidad con la que una persona andaba desnuda por la calle. Ninguna de ellas aminoraba la marcha, ni giraba la cabeza al cruzarse conmigo. Eran ellas los que bajaban la mirada en un gesto de pudor que yo no necesitaba. Al contrario, buscaba con ilusión mirarles a los ojos.

Ya despierto, no guardo ningún recuerdo de por qué, en sueños, decidí esta actuación. Porque era una actuación, como otras muchas que hacemos todos los días de nuestra vida. No son las mismas todos los días, ni las mismas en todos los ambientes y círculos que frecuentamos. Nunca había soñado ésta, ir desnudo por la calle con toda naturalidad. Pero, eso sí, era el blanco de todas las miradas, y no por eso surgió de dentro ningún deseo de exhibicionismo; creo recordar que lo estaba haciendo porque sí.

Los sueños son complejos, contradictorios, insospechados; seguramente atemporales y no secuenciales, como sí aparecen con esas características al recordarlos, y, sobre todo, al contarlos. Porque al recordarlos, nuestro cerebro pone orden en ellos y los recompone para ajustarlos a los parámetros de cada soñador. Por eso un sueño contado nunca reproduce de verdad el sueño tal cual entró en  nuestra vida dormida.

Creo recordar que uno de los deseos más fuertes en ese paseo nudo de ropa, era que en un arranque decisivo e irrefrenable, todas las personas con las que me cruzaba, tomasen la misma decisión que yo. Todos desnudos por la calle. Una forma de empezar a poner orden y cambio en las cuestiones que nos preocupan.

No recuerdo ya en qué momento ni en qué tramo del paseo,  y no sé cómo ni por qué, a la misma velocidad con la que me desnudé, empecé a poner cada pieza en su sitio. Tampoco puedo recordar cómo, de repente, fueron apareciendo con todo orden los calzoncillos, la camisa, los pantalones, el jersey, el cinturón, una bufanda, el chaquetón y los guantes. Hacía frío.

Al girar a la derecha para embocar la Avda. de Pío XII, me dio de lleno en los ojos un sol entero. El sol en la cara y en el cuerpo entero, ya vestido, más que ese tramo es cuesta arriba, me permitió, no seguir andando, sino avanzar sin mover las piernas, como transportado en volandas, a solo unos centímetros del suelo de la acera;  nadie de los que me adelantaron o se cruzaron conmigo bajó la vista a mis pies. Si por casualidad lo hubiera hecho una sola persona, la que se habría armado.

Así, con esta deuda que el sueño tiene conmigo por no descubrirme esa última posibilidad, se acabó el sueño, o creo recordar que así se acabó, porque, sobre todo, no recuerdo nada más.

Aquí acaba la redacción de lo que en el paseo de esta mañana, unos días después de haber soñado mi desnudez deambulando, he sido capaz de recordar, y al legar a casa redactarlo. Tres niveles por ello mismo; el sueño de hace unos días, mis recuerdos durante el paseo de esta mañana, y la redacción. ¡Cuántos detalles se me olvidaron, cuántos me hurtó el decoro defendido por mi cerebro, cuántos fueron mal traducidos al elegir las palabras de esta redacción!


Hace muchos sueños que renuncié a su interpretación. En esta ocasión se me ha ocurrido un final consciente, y hasta razonable, que es una frase versionada: “Somiat per collons. No es una candidatura. Es una enrabiada”.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Fenomenología del vigésimo primer sueño.


Fenomenología del vigésimo primer sueño.


1.    Encuadre y encaje.

Hace unas semanas concurrió el aniversario de la primera vez que me fumé el último cigarrillo. Fue en 1961, octubre. Me lo recordó mi (porque nos los fumamos juntos, con la conciencia, según recuerda él, de que cerrábamos una etapa de la nuestra vida) amigo. Las demás circunstancias no vienen al caso.

La verdad es que yo solo recordaba, ante el aviso de mi amigo, el sitio y la hora del día en que quemamos el último cigarrillo. Todo lo demás se lo llevó, hace mucho tiempo,  el viento del olvido.

2.    Fenomenología del sueño.

Cuando hace días la falta de sueño me despertó, viví con fuerza la rabia que la incapacidad para reconstruir los sueños de esa noche me recorrió todo el cuerpo. Un escalofrío, el del olvido. Me levanté de la cama, anoté en unos folios algunas notas; este esfuerzo de memoria tuvo réditos, aunque pobres, porque unas semanas después, con la ayuda de las notas que, con casi garabatos había escrito, intenté recordar las historias que  es casi seguro que soñé aquella noche. Fallaba la imagen, fallaba el sonido, ignoraba las fechas, ignoraba el nombre de algunos personajes cuya imagen había pasado por mi realidad onírica. Pero algo seré capaz de recordar; empezaré por el quincuagésimo sexto aniversario de nuestro, según creíamos, último pitillo de nuestra vida.

Una noche  al final del verano de 1961, sentados en un banco de los de paseo, en lo que quería ser un jardín,  encarado a una vaguada llena de frutales. Encendimos el que iba a ser el último cigarrillo de nuestra vida. Que iba a ser el último, seguro que le dio a esa noche un tinte heroico: no por el cigarrillo, sino por la vida  en la  que nos  metíamos con el sueño – esta vez despiertos-, quizás mejor ilusión (vocación, decíamos entonces),  de convivir una vida plena de revoluciones internas y  personales; y éstas nos debían llevar a revolucionar la sociedad. Teníamos dieciocho años. No recuerdo más, y estos pocos retazos, seguro, son inventados por mi sueño de  hace unos días, troceados por mis notas, y mal transcritos ahora  mismo. Lo único incontestable es que nos fumamos el que debía ser el último cigarrillo de nuestra vida.

Cuando el otro día me desperté por la falta de sueño, recuerdo que también había soñado con el dolor de la separación. Mi amigo, no recuerdo ni fechas ni nada más, se fue al extranjero. Sí recuerdo ahora despierto, y porque está en mis notas, el convencimiento de que nuca más nos volveríamos a ver. La vida  ha desmentido ese pronóstico. Seguimos siendo amigos, por supuesto,  y viéndonos cincuenta y seis años después; cuando hacemos por vernos, porque vivimos en ciudades diferentes, la conversación fluye como si nos viéramos todos los días. Todo, entre nosotros, empezó en el invierno de mil novecientos cincuenta y tres. Éramos alumnos de primero de bachillerato, con solo  diez años a cuestas. Siete años después, tras concluir los estudios de bachillerato (el último curso se llamaba Preuniversitario; no hay duda de que el sistema escolar era finalista: la Universidad), pesco en el saco del olvido una larga conversación en la calle, cerca de casa de mis padres, hasta más de las once de la noche. Cuando subí a casa, mis padres, no mis hermanos, me preguntaron qué había pasado; que he estado hablando con mi amigo NN, aporté como excusa verdadera, que resultó ser válida para mi asombro. Nadie dijo nada, y lo dieron por causa más que suficiente de mi gran retraso a la hora de la cena familiar.

En mis notas de cuando el otro día me desperté por la falta de sueño,  pasando folios, y  dando un salto en el tiempo brutal, sin aparente conexión –así son los sueños- aparece: “en mil novecientos ochenta y cinco, en noviembre, murió otro amigo del alma”. Creo que era “el” otro amigo; he tenido, y tengo más amigos, sí, pero el cerebro (antes decíamos el corazón) me confirma que estos dos, los citados hasta ahora, son amigos del alma. Confieso, ya despierto, que el del cigarrillo, y éste que murió hace ya treinta y dos años, siguen siendo “mis” amigos.

Nunca he tenido la sensación de haberle perdido; al contrario sigo disfrutando de su amistad; aunque, es verdad, es ya una amistad de recuerdos, pero siguen vivos, incluso el amor que todos los días devuelvo a la vida. Recuerdo con toda lucidez el sábado que fui a verle, ya enfermo, con el encargo de su mujer,  gran amiga en mi vida, de, sin decirle que se iba a morir, hacerle ver que era conveniente arreglar papeles. Recuerdo que no tenía ni idea de por dónde orientar mi discurso. Me presenté en su casa, a la hora acordada con su  mujer, que se fue con los niños, para dejarnos solos. Mi amigo se levantó del sillón nada más oír que se cerraba la puerta de  la casa,  apoyado en su bastón que, por cierto, manejaba con la elegancia que su debilidad le permitía, y de pie, de forma solemne,  me dijo: “Eduardo, no volveremos a hablar de esto nunca más. No tengo una gripe; todos los papeles están en regla y muy claros; ¿quieres una cerveza?”. Nunca más en las pocas semanas que transcurrieron hasta su fallecimiento, volvimos a hablar del tema. Cuando la vida me ha presentado algún momento difícil o difuso, siempre me viene a la mente la escena que acabo de relatar; la entereza de mi amigo que sabe que se muere –realidad nunca presente en su casa-, y consigue que la vida familiar (yo iba todas las tardes a verle al salir del trabajo) y el final de la suya, sea tranquila y lo más feliz posible para todos.

Repaso mis notas de un vistazo; mi sueño de hace unas semanas, no fue un sueño; fue un montaje inconexo de algunos retazos de mi vida, que está permitiendo organizar mi historia personal y, de paso, recomponer –y esto es estupendo- la imagen de mí mismo. El vistazo a las notas, y a lo que ya tengo escrito, es evidente, me obliga a desvelar –y revelarme a mí mismo- trozos de vida de otras personas, a las que nunca traeré a este relato por su nombre. 

Unos garabatos en  los folios que contienen las rápidas notas sobre lo soñado hace unas semanas, también recogen un anhelo personal. La verdad es que estoy en ello, sin prisas, sin esfuerzos innecesarios. Apareció en mis sueños porque es algo en lo que estoy inmerso desde hace meses, y a ratos, sobre todo cuando doy paseos acompañado de mis recuerdos y de mis  ilusiones presentes, le dedico tiempo y algo de cerebro. Pretendo desentenderme de todos los prejuicios intelectuales, ideológicos, sociales, económicos, políticos, etc., que anidan en mi cerebro y en mis huesos. Nunca he querido pertenecer a ninguna institución; ni religiosa, porque la abandoné, a la vez que dejé atrás todas las creencias religiosas que pude; ni social, ni política, porque todas ellas imponen un camino dogmático para reconstruir marcos ideológicos, baremos de valoración de las personas y de la vida, y también, como toda institución bien concebida, crean la categoría de “hereje”, que es la forma de asentar, afianzar y demás una institución, y por ello construir una sólida y no discutida ideología. Anhelo verme libre de prejuicios, y como sé que es prácticamente imposible, peleo por ir dejando de uno en uno cada vez que me sobresalto usándolos para entender una situación o un hecho, las conductas de personas o de instituciones, los hechos que se promulgan en los medios de comunicación –algunas veces, a siete columnas, los proclaman con una vigencia de dos o tres días-. Anhelo ser libre de las ataduras mentales que el arrastre de la propia vida ha ido creando en mí, porque resultan cómodas para navegar por la vida, intentando desviar todo aquello que pueda rozar o arañar siquiera el rincón vital que me he ido creando. Ser libre de verdad. Sé que es un sueño, pero a veces algunos sueños acaban siendo reales, tocables y disfrutables.

Cuando hace días la falta de sueño me despertó, y los garabatos de esos pocos folios constatan, recuerdo, unas semanas después, muchas cosas. Algunas de ellas no están en los folios de marras, porque el juego de ir sacando hechos y personas del saco del olvido, como si fuera metiendo la mano y, sin mirar, solo con la mano diestra, sacar alguna pieza olvidada, es divertido. También he comprobado que  muchas sacadas de mano son hasta peligrosas, porque aparecen los fantasmas de lo que siempre desee que no  hubiera ocurrido; el peligro de revivir la vergüenza del error público, el dolor de haber decidido injustamente, lo que callé cuando debía hablar, lo que desvelé perjudicando a otros, lo que no me decidí a hacer por –creía entonces- buscar lo mejor en vez de solo lo posible, encontrar vericuetos legales que permitían enmendar la realidad. Mi dosis de orgullo no llega hasta la impudicia de publicar mis miserias, y no lo voy a hacer; entre otras muchas más razones que puedo encontrar o inventar, porque ya no serviría de nada; mejor que se queden en el olvido, y así no hacen daño a nadie.

Al cierre. Necesito rememorar unos hechos que fueron públicos, y que hoy –estoy seguro- todos los actores y espectadores de entonces han olvidado por inanes; para mí representaron mucho, y me han dado, en mi vida posterior, medida de algunas conductas públicas. Ya sé que generalizar lo singular, y casi seguro único, es una barbaridad. Pero lo resumo y que cada lector lo entienda como quiera.

Cuando hace días la falta de sueño me despertó, con letras apresuradas, de tamaño más grande que otras, reseñé en los folios de marras unos cuantos datos de una sesión del Consejo de Centro del Colegio que dirigía. Era el último jueves del mes de mayo, (el lunes siguiente yo ya no sería el Director) y por ello Presidente del Consejo de Centro. Tema único en el orden del día: juzgar los dibujos de un alumno de los mayores, y sancionar conforme al sistema disciplinar vigente. No era necesario preguntar; la sanción que le iba a caer encima al alumno era la máxima. Pedí la palabra y rogué a todos los miembros de ese Consejo (padres y madres de alumnos, profesores, un miembro del Consejo de administración, el Director del Colegio, alumnos) que, teniendo en cuenta las fechas, la edad del alumno, etc., que yo me jubilaba el lunes siguiente, el sincero arrepentimiento del alumno (que no el de su padre), era una ocasión propicia para pasando por encima de la justa equidad, concediéramos el perdón haciendo uso de toda la magnanimidad de la que somos capaces las personas. Ante las caras que vi, expliqué qué virtud era la magnanimidad y que virtualidades desarrolla, o puede desarrollar. Inútil; fueron implacables: la ley. Nunca en la vida me he sentido más inerme e inútil. Cada día que ha pasado, años, desde entonces, sigo pensando que las leyes están para que podamos convivir en paz y con respeto mutuo, y nunca, en su aplicación, deberían aparejar humillación alguna para nadie. Borrar todo resto de humillación en la justicia, y en las sentencias judiciales que las hacen aplicar en último término a quienes no lo hacen voluntariamente, fue, no sé cuándo, un gran progreso en la administración de la justicia: no humillar al culpable. No sé si es posible llegar a una sociedad justa, pero seguro que sí es posible alcanzar y mantener viva una sociedad que no humilla a sus ciudadanos.

Los folios de marras guardan bastantes más hechos, dichos y demás que el viento del olvido se llevó y guardó en un saco. Pero ese saco es mío, y me lo quedo. Aquí pongo punto final a los sueños de una noche de hace semanas; semanas que he necesitado para recomponer estas líneas.

Madrid, 9 de noviembre, 2017




viernes, 25 de agosto de 2017

Fenomenología del vigésimo sueño.



1. Encuadre y  encaje.
Esa mañana, en la cocina, Vibeke estaba amasando pan y Anna, con ayuda de Kirsten, batía la mantequilla. Aunque la cocina era una habitación moderadamente espaciosa, estaba atestada. Muchas tareas se llevaban a cabo allí.
(LEWIS, Janet, El juicio de Sören Qvist, Realm of Redonda/Reino de Redonda, S.L. Barcelona, 2017. Pág. 103).

Camino por el pasillo, paso por delante de la puerta de la sala de estar y de la que comunica con el comedor; abro la del extremo y entro en la cocina. Aquí ya no huele  a madera encerada. Encuentro a Rita de pie ante la mesa pintada de esmalte blanco. […] Tiene el vestido remangado hasta los codos y se le ven los brazos oscuros. Está haciendo pan: extiende la pasta para el breve amasado final antes de darle forma.[…] Hoy, a pesar del rostro impenetrable de Rita y de sus labios apretados, me gustaría quedarme en la cocina[…] y charlaríamos…
(ATWOOD, Margaret, El cuento de la criada, Salamandra, Barcelona, 2017. Pág. 32 y 33).

Fenomenología del sueño.

Intentaba identificar en qué habitación estaban conversando, pero desde la mía no era fácil; dos pasillos, habitaciones, y dos plantas, era el  espacio por el que transitaban las palabras que oía con mucha dificultad.  El número de voces, hacía tiempo que había anochecido, y algunas risas, acabaron por interesarme; abro los ojos, me incorporo en la cama, enciendo la luz. Al ponerme de pie no piso el suelo; camino sobre una  bruma mullida, y mis pies no se hunden en ella.

Recorro el pasillo en el que está, al final del mismo, mi habitación; todas las otras están mudas. Al llegar a la escalera que da paso a la planta baja, me ilusiona bajarla deslizándome por la barandilla, pero no hace falta, porque la bruma que me acompaña, me lleva por encima de los escalones. En el pasillo de la planta baja está el salón, la biblioteca, el comedor, el vestíbulo de entrada, y al final, en el extremo opuesto al de mi habitación,  la cocina.

Desde el último escalón  identifico que las voces vienen de la cocina, que tiene la puerta cerrada. Me siento en el  último escalón, apoyo los codos en las rodillas y con las manos amplío la pantalla de  mis orejas. Tardo un poco en identificar voces; a ratos hablan varias personas, y no identifico palabras; todavía no puedo identificar quiénes son los que hablan en la cocina, y mucho menos imagino qué están haciendo. Al cabo de un rato, aguzando mis oídos, reconozco alguna palabras que, de momento, no me dicen nada. Tío Antonio, higos frescos, flores en el cementerio, accidente de coche, divorcio, bebé, la quiebra de…, el acabose, es tarde, son unas malas bestias. He entrado en secreto en una conversación animada, pero muy avanzada, porque se van entrecruzando variedad de asuntos; ya no hay precisión ni orden en las intervenciones. Las risas tampoco me ayudan. Me enderezo y casi me pongo de pie para caminar hasta la cocina y abrir la puerta, pero el sentirme espía de la conversación me frena.

La planta baja está a oscuras, salvo el haz de luz que se cuela por debajo de la puerta de la cocina, insuficiente para iluminar una parte del pasillo.  A oscuras y sin poder seguir la conversación, reclino la cabeza sobre uno de los barrotes finales de la barandilla de la escalera. Siento llamadas del sueño, pero resisto. No puedo imaginarme qué pueden estar haciendo en la cocina a estas horas de la noche; algo más lúcido, reconstruyo quiénes pueden estar en la cocina, porque reconozco, por fin, alguna voz y porque hago la lista de quiénes estaban en el comedor a  la hora de la cena, y quiénes eran las personas del servicio; no caben todos en la cocina, pienso, y me ataca la curiosidad por saber quiénes están en la cocina ahora.

Quiénes, qué están haciendo, de qué hablan.  Abro los ojos en la oscuridad y presto más atención. Creo que hay dos hombres, por las voces que oigo, y el resto son mujeres. Los hombres pueden ser dos amigos que cenaron en casa, mi padre, mi hermano mayor, Petra la cocinera que tiene una voz ronca.  Las mujeres, mi madre, mi hermana pequeña con más de treinta años y recién divorciada, la mujer de mi hermano mayor, Nora amiga de mi madre. Cuatro hombres y cinco mujeres; ignoro si están los nueve en la cocina, y quiénes son; ¿cuántos están durmiendo? ¿Hay alguien  despierto como yo y, que también espía? ¿He contado bien las personas que estábamos en la cena; también había dos camareras; no las conocía, porque mi madre las había contratado recientemente. El tío Antonio no podía estar, porque hacía más de treinta años de su muerte; todos los años, el 1 de noviembre, aparecía un ramo de flores en su tumba, y hasta la fecha toda la familia ignora quién es el o la oferente; por lo menos oficialmente, porque cuando se comenta el tema en la familia no todos participan en el conversación, luego yo, por lo menos, no sé qué saben.

Me está venciendo el sueño. Me levanto y la bruma me sube hasta la primera planta. La puerta de mi habitación está abierta y las luces encendidas. Nora, la amiga de mi madre, está sentada en un sillón. Le dos las buenas noches, esperando que me deje solo, pero su única reacción es arrebujarse en el sillón; me mira sonriendo. Cuando Marcial, mi marido sufrió el accidente de coche –habla suavemente y dirigiéndose a mis ojos, directamente-, quería morirme de dolor, de desgarro vital; tus padres me ayudaron haciendo un hueco en su vida para mí. Pero me estoy aburriendo; ser solo la amiga de tu madre es poca vida; les voy a dejar, por eso he venido a cenar esta noche, para cortar esta relación, insuficiente, hoy mismo. Se levantó y, sin despedirse de mí, salió cerrando la puerta de un portazo.

Me despierto; el sol entra por las rendijas de las persianas y dibuja claroscuros en toda la habitación. Estiro brazos y piernas. Recuerdo algunas cosas del sueño de este noche; estoy seguro de que mis recuerdos al despertarme eran más y más precisos que los que he transcrito. Sentado ante el desayuno reconozco que no sé quién es Nora, no sé de dónde he sacado la historia del tío Antonio, porque sí estuvo en la cena de anoche, y está desayunando delante de mí, con cara risueña y satisfecha.  




miércoles, 22 de febrero de 2017

Fenomenología del decimonoveno sueño.

1. Encuadre y encaje.

  • Calidoscopio. Realidad virtual.
  • La Nit del Foc. El ruido de la guerra hecho pura fiesta.
2. Fenomenología del sueño.

Hace unos minutos, mientras me estaba afeitando, una de las bombillas ha cascado tras un fogonazo; ya veré más tarde qué ha pasado, y en el mejor de los supuestos la repondré con una nueva. Lo que más me ha despertado, metido de lleno en el aburrimiento de pasar y repasar la maquinilla por la barba, ha sido el recuerdo de otros fogonazos de un sueño olvidado, que creo haber vivido hace unas semanas, y que estaba en el olvido. Sí, yo creo que los sueños se viven; son la muestra de que dormir no es una forma alternativa de morir un poquito, o durante un rato, y el despertar es volver a la vida. Malas metáforas.

Recuerdo que al despertarme viví sensaciones -no sentimientos- dispares y ruidosos. No consigo recordar ni la trama ni los tiempos del sueño, y no es porque han pasado unas semanas, que no es poca razón, sino  porque aquella misma mañana ya tuve muchas dificultades para recordar tramas y tiempos. Fue, quiero creer, un sueño muy nuevo, que no tenía parentesco alguno con todos los que he tenido en la vida.

Muy nuevo o muy distinto. Muy nuevo, prefiero. Intentaré narrar los recuerdos inconexos, pero no difuminados. A medida que escribo parece volarse el velo del olvido. Confío en que la suerte me permita reconquistar aquel sueño.

Recuerdo que cuando desperté, hace unas semanas, lo hice porque una luz blanca e intensa, pero breve, como un fogonazo, me hizo abrir los ojos a la oscuridad de la habitación. Encendí la lamparilla, y no conseguí ver los muebles de la habitación; el fogonazo me había nublado la visión. Hurgando entre los confusos recuerdos, he recuperado ahora mismo otro cuadro del sueño; antes del fogonazo estuve admirando un loco juego de colores, que ahora todavía no le encuentro sentido. Quizás fuera algo muy parecido al juego del calidoscopio; pero esos colores que jugaban con mis ojos dormidos no eran geométricos, ni se asemejaban a cristalitos que recomponen figuras a medida que se gira el calidoscopio. No estaban encajados en un tubo que mis manos mantenían.

Mis manos. Es la primera vez que recuerdo mis manos y mis dedos de la mano haciendo algo durante un sueño; las tenía a la altura de los oídos, y uno de mis dedos taponaba la audición,o por lo menos, la suavizaba, porque era muy fuerte el estruendo. En el juego de colores que estaba viendo predominaba el rojo anaranjado; también me picaban los ojos a causa del humo que me estaba rodeando; no olía a pólvora. Eran bombas explotando, o explosionando. Pero estaba solo, y las bombas debían de ser de juguete, porque ni rompían nada ni mataban a nadie. ¿Simplemente estaba soñando un bombardeo cinematográfico, que es el único que he visto en muchas películas?.

Estoy recuperando el sueño desde la escena final hacia atrás; es como si el sueño fuera un tobogán, y yo lo estoy subiendo en vez de deslizarme por él hacia abajo. Duro esfuerzo subir de frente un sueño, que ahora recupero, como si fuera un tobogán. El tobogán, bueno, el sueño, no es una subida recta, hay curvas a derecha y a izquierda; en las curvas es más fácil mantenerse asido sin riesgo de resbalar hacia el principio del sueño.

Creo que los sueños son, existen en nuestro cerebro al igual que damos existencia a todo lo que vemos despiertos. Se olvidan, cierto; pero ¿caducan?, porque si caducan no fueron sueños sino anhelos. El sueño que estoy intentando reconstruir es distinto, o ignoro qué cosa sea, porque no son secuencias, no son hechos, no son carreras sin fin, no son soluciones mágicas para conflictos antiguos. ¿Será un sueño de verdad? ¿Estoy construyendo un sueño, mientras estoy despierto, a partir del fogonazo de la bombilla de mi cuarto de baño? ¿Existió? ¿Fue?.
Sigo retrotrayéndome, sigo subiendo el tobogán. Recupero -o, ¿me la estoy inventando?-  otra secuencia. Saco un pañuelo del bolsillo y me vacío, con estruendo, mis narices, hace unos días que estoy constipado. Huelo a pólvora, a la pólvora de los fuegos de artificio, pero no hay figuras en el cielo; sí, ahora chisporrotean de nuevo los juegos de colores en el fondo nuboso del cielo sin estrellas. Mientras siguen los fuegos de artificio, sin dejar de oírlos, miro a mi alrededor e identifico personas en la oscuridad que los petardos iluminan fugazmente. Sus caras, mal iluminadas y con sombras en los recovecos de las narices, de las orejas, de los ojos, de la barbilla, de las arrugas de los más mayores, responden, mientras parece que disfrutan del espectáculo, al estruendo, a la luz y a olor a pólvora con gestos que objetivamente denotan terror; el mismo terror que en las películas se ven en las caras de las personas que están bajo el bombardeo. Las personas que me rodean están de fiesta; las personas bajo bombardeo saben que están al borde de morir, de ser asesinadas.

Mi memoria hace ya muchas horas que no me devuelve nada más de un sueño que fue, pero que ya no existe; solo unos pocos datos, los narrados, me confirman que soñé, que esa noche también soñé.

Ya ha amanecido, y el sol brilla sin nubes en el cielo. Estoy despierto, ya he terminado la diaria tarea de "asearse" para salir a la calle. No se me va de la cabeza el sueño que transcrito lo mejor que he sabido, y lo sigo trasteando en la memoria mientras me cruzo, en la calle, a mucha gente que camina, supongo con un destino concreto. Como casi todos los días, yo divago paseando y pensando. Cuando consigo que mi cabeza quede en blanco y quieta, es cuando me empiezo a fijar en las personas con las que me cruzo y a las que adelanto. Las caras mañaneras, eso es lo que más me interesa. Son caras perfectamente iluminadas por el sol, no como las del sueño, todas, las que disfrutan de los fuegos artificiales y las que temen morir bajo el bombardeo.

Entre esas caras mañaneras, las de hoy, hay una mayoría que pretenden ocultar ¿sus preocupaciones? ¿sus conflictos? ¿sus miedos?. Son caras que se asemejan a las de los bombardeos fotografiadas y  tras montaje en las películas. Porque he visto en periódicos y televisiones caras que de verdad están bajo un bombardeo, y no tiene nada que ver con las de mi sueño ni con las de las películas. En la vida de verdad, en una guerra de verdad, las caras reflejan pánico. En la vida real de los que son bombardeados, en la vida real de los que se tiran al mar con chalecos de color y en barcas de colores, no hay calidoscopios ni nits del foc. Hay pánico y anhelo de salvarse. Están jugando a la lotería de la muerte violenta y anónima. 





viernes, 9 de septiembre de 2016

Interludio (b)

"Al final, Karim cerró el libro y se acostó a su lado.

Cuando la cubrió de besos, Aída se sujetó a sus vigorosos brazos y una corriente la invadió, fría y caliente, enérgica y suave; cerró los ojos y vio puntitos de colores en un firmamento oscuro. Reía, sudaba y flotaba sobre el mundo. Karim acariciaba su piel.

Relajada y satisfecha, Aída yacía a su lado.

- Me estoy haciendo tan viejo que mi voluntad y mi deseo a veces no alcanzan al cansado caballero que llevo entre las piernas. Cuelga de mi como un pedazo de carne floja, mientras yo me muero de deseo -dijo Karim entristecido.

- ¿Por qué estás insatisfecho? Ha sido muy bonito -protestó ella, apoyando su cabeza en su velludo pecho.

- Siempre es bonito. Aunque sea acompañarte en tu vuelo, ver cómo te transformas en una chica joven. Deseaba penetrarte, pero el colgajo de entre las piernas no opina lo mismo que yo; por lo visto, se ha retirado a la vida tranquila.

- El juego del amor no tiene que realizarse siempre con eso tieso -objetó Aída, dándole un tierno empujoncito en el costado.

- Pues sí, para los hombres sí, y ese es nuestro defecto. En el más allá me gustaría señalarle al Señor del universo ese fallo de construcción. En cambio, a vosotras, las mujeres, os ha concedido su gracia. Vosotras siempre podéis. Nosotros no, mala suerte. Es raro, pero hasta ahora no había no había deseado que la vida empezara al revés, que uno naciera siendo un vejestorio y con los años y la experiencia fuera rejuveneciendo.

Aída se rió de esa extraña idea; viejos con barba gateando con un chupete en la boca.

- Pero hay remedios -dijo ella.

- Sí, pero yo no quiero recurrir a ellos. No quiero que esos remedios duerman contigo, me pondría celoso -respondió, riéndose de su propia ocurrencia-. Pero me doy cuenta de que, cuanto más viejo me hago, mayores son las pérdidas. Ya me han dejado muchos amigos y parientes. También cosas que una vez me resultaban importantes y preciadas pierden su valor. Ahora se despiden sin ceremonias mis fuerzas y habilidades. Es triste, pero es así..."

Estos párrafos los he copiado de la novela de Rafik Schami, Sofía o el origen de todas las historias, Salamandra, Narrativa, Barcelona, 2016, págs. 393 y 394.  Novela recomendable; la narración va desde el verano de 2006 hasta el 9 de enero de 2011. No aparece para nada la guerra de Siria, pero sí da mucha claves para entender lo que está pasando; además tiene una buena trama y está, en este caso, bien traducida. Los párrafos elegidos no son un sueño, por eso los he transcrito como un "interludio", el (b), que, además, explican algunos aspectos de mi primer sueño.




miércoles, 24 de agosto de 2016

Fenomenología del décimo octavo sueño


Fenomenología del décimo octavo sueño.

1. Encuadre y encaje.

La aurora y la salida del sol desde el cabo de La Nao. Una madrugada cualquiera del mes de agosto.

2. Fenomenología del décimo octavo sueño.

La sala, iluminada por una luz de emergencia, debe tener unos tres metros de alta y más de veinte de larga; no veo el fondo; encima de mi cabeza un entramado de vigas sustentadas por columnas adosadas a las paredes. De repente, con sobresalto incluido, unos potentes rayos de luz se cuelan por las rendijas que hay en el techo; concentro la mirada en una de esas rendijas, y es más grande de lo que la luz que se cuela por ella me deja entrever.

Uno de esos haces de luz potente se apaga. No, solo ha sido tapado un tramo pequeño de la rendija; no sé qué es lo que lo ha tapado. Oigo ruidos a lo largo y a lo ancho del techo, y esos mismos ruidos coinciden con apagones intermitentes de tramos diferentes de los haces de luz que se cuelan, ahora sí los identifico, por innumerables rendijas.

Al cabo de un rato los ruidos se acompasan lentamente, y el juego de los haces de luz se asemejan a distintas frecuencias de encendido y apagado; como si tuviera sobre mi cabeza innumerables faros diminutos; unos a lo ancho del techo y otros a lo largo de cada rendija. Por una de esas rendijas se cuela lo que inicialmente identifico como un trozo de un palitroque; me acerco a esa rendija y, al salir el palo de la misma, veo un tacón de zapato de una pierna de mujer. Los ruidos agudos son pasos de mujeres, y los más sonoros y graves son pasos de zapatos de hombre con tacones recios. Paseo por la sala, que ahora distingo mejor, y apenas veo la luz de emergencia que sigue encendida. Lo que estoy oyendo son los pasos de varias mujeres y hombres; en una esquina del techo oigo teclear una máquina de escribir.

Distingo en el fondo de la sala un montón de muebles amontonados. Sigo oyendo los ruidos y viendo los haces de luz, que a veces cambian de color y de intensidad. En uno de esos momentos de menor intensidad de las luces, oigo, además de los pasos, voces que me llegan a borbotones, sin que pueda distinguir más que su cantidad. En el fondo, al lado de los montones de muebles y trastos, encuentro una estrecha y empinada escalerita de hierro, hierro frío; me encaramo a ella y veo en el techo una trampilla, por cuyos cuatro lados se cuela la luz; mis ojos dan con el cierre y las bisagras. Empujo hacia abajo la trampilla, pero no cede; pruebo a empujar hacia arriba y cede la el resbalón de la cerradura; entreveo por la abertura que he conseguido, porque pesa mucho, piernas de hombres y de mujeres.

Dejo caer rápido la trampilla porque se acercan unos pies de hombre. Estoy debajo del entarimado de un escenario. Estoy en el foso de un escenario; busco por el suelo si hay alguna trampilla, y la encuentro; da paso al contrafoso, lleno de trastos. Me vuelvo a la escalera que da al escenario, y entreabro la trampilla. No oigo más que los pasos; otra vez se ha hecho el silencio,  y solo oigo los pasos y las teclas de la máquina de escribir. Aguzo mi oído en el ruido de las teclas; distingo el ruido del tambor al estirar un folio de papel, que se repite tras unos minutos de  ruido de las teclas; no he contado los folios que sacan de la máquina, pero seguro que son más de cinco.

Cesan los pasos y el teclear. En el silencio, se oye el pasar de los papeles de mano en mano; nadie habla, nadie ha hablado hasta el momento. Imagino que están leyendo los papeles. Nadie dice nada; al cabo de un rato alguien rasga los folios y pone en marcha una máquina; levanto la trampilla y confirmo que es una trituradora de papel. Todos conocen lo escrito; nadie ha dicho nada en las horas que llevo encerrado debajo del escenario; han destruido a conciencia ese documento. Un teatro sin palabras. No alcanzo a ver si existe o no el patio de butacas; un teatro sin público. El contenido del documento que ha circulado entre los actores se ha convertido en un secreto; ni siquiera existe el documento.

Alzo un poco más la trampilla y veo, en el centro del escenario, una gran mesa, y alrededor más de una veintena de butacas con ruedas. El ruido de esas ruedas lo he fundido con el de los pasos. Por primera vez oigo hablar a uno de los actores, y no consigo distinguir lo que dice porque al terminar la primera frase, todos los demás se alteran y hablan a la vez; confusión. Dejo caer la trampilla y ando hacia el extremo desde el que una actriz empieza a decir, sí, a decir, porque está repitiendo algo aprendido de memoria, no es una buena actriz. Cuando no ha dicho ni tres frases de lo aprendido, todos los demás repiten la escena, y surge de nuevo la confusión. Esta escena de la obra se repite  con muchos de los personajes; son muchos, en poco tiempo, los que intentan decir su discurso aprendido, pero no les dejan avanzar los demás. No sé de qué hablan.

Se hace el silencio total. Un ruido continuo y mecánico; abro la trampilla una vez más; está cayendo el telón. No hay aplausos; nadie habla; todos los de la escena se van por el foro, y cada uno se lleva su secreto. No sé lo que ha pasado en el escenario.

Al despertarme, lo primero que me viene a la memoria es mi curiosidad por conocer el contenido del documento, porque las palabras que puedo recordar de las intervenciones individuales, antes de la confusión, no coinciden en ninguno de los parlamentos iniciados y que yo soy capaz de recordar. Solo han leído un mismo documento, es lo único que ha ocurrido, de verdad, en la escena; tampoco me consta quién lo dictó o lo escribió.

El disco rojo del sol está en el horizonte. La luz que ha ido iluminado el mar y la tierra, ha encendido los recuerdos del sueño de esa noche. Estoy de pie, batido por el viento, en el punto de la península que primero ve el sol cada mañana.

Madrid, 24 de agosto de 2016.





viernes, 20 de mayo de 2016

Fenomenología del décimo séptimo sueño.

Fenomenología del décimo séptimo sueño.

1. Encuadre y encaje.
El Libro de Daniel. Historia de la casta Susana y el juicio de Daniel.
• El nivel de democracia de una nación, hoy, se mide por la independencia y actividad de la justicia.
• (…) porque a todo el que tiene le será dado, y tendrá en abundancia; pero el que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. (Mateo, 25, 14-30).

2. Fenomenología del sueño.
Profundamente dormido. Es el primer recuerdo que me viene a la memoria del sueño de esta noche, junto con retazos de lo soñado. ¿Cómo y por qué recuerdo, junto con partes del sueño, haberlo tenido mientras dormía profundamente? ¿He soñado que dormía profundamente? Estoy seguro de que he dormido, porque cuando me he despertado entraba el sol por una rendija de la persiana.

Lo cierto es que he soñado ver en una multipantalla el devenir de los numerosos casos de corrupción entre los que nos vemos enredados todos los días; recuerdo haber sentido, en el sueño, la sensación de que iba apartando con los pies miles, quizás millones, de legajos, al igual que apartamos hojas de los árboles que el otoño ha dejado caer al suelo.  En el rincón de la esquina de debajo de la pantalla, a la izquierda, recuerdo haber asistido a vistas públicas de asuntos penales que no versaban por ninguna corrupción; eran asuntos penales de menor importancia, pero penados en el Código muy fuertemente. Seguramente por herencia del derecho romano y la codificación napoleónica, en cuyos entresijos se defendía, sobre todo, la propiedad privada (sacrosanta, para algunos); asuntos en los que el propietario era el demandante, perfectamente identificado por su aspecto físico y por su talante, sentado en el lado de la acusación; el acusado, triste y cabizbajo estaba pensando que en la cárcel comería todos los días y dormiría en una cama.

Seguir alguno de los asuntos que la multipantalla presentaba, imposible; porque el ir y venir de todas las partes implicadas era continuo; coches que se acercaban al juzgado, personas que entraban y  salían con papeles en la mano, fajos de papeles. En ningún otro rincón de la multipantalla se asistía a una vista en regla y forma. En alguna de las pantallas era evidente el interés en fijar el paso del tiempo; recurrían a formas muy antiguas que el cine ya había abandonado: figurar el correr de los años resaltando los numerales de los mismos. No era posible  enterarse con certeza de los asuntos reales que  se investigaba en cada jugado de instrucción. Pasaban los años, y no se acababa la instrucción de ninguno. La incomprensión de lo que aparecía en pantallas era algo que no ocurría por casualidad; era una forma de desdibujar la realidad.

Para unos la justicia actuaba con celeridad, resolvía en pocas sesiones públicas, se fallaban las sentencias en plazos muy breves, y el cumplimiento de las mismas era, en la pantalla, inmediato. El peso de la justicia. Para la mayoría  de los otros asuntos, los de corrupción política y financiera, el avance era lento, con muchos meandros naturales o forzados por las defensas. Creo recordar que he soñado la existencia de muchas conexiones personales, de intereses, de cercanía política entre los actores; o por lo  menos, eso deducía yo de lo que veía en las pantallas.

Me removí en la butaca, butaca de espectador, y entreví una segunda multipantalla detrás de la primera, que permitía traslucir, con algo de confusión, otras escenas fuera de los juzgados. Los actores, a simple vista eran los mismos, pero vivían días normales en cafeterías, despachos, restaurantes, coches oficiales, ascensores, paseando por grandes almacenes, esperando a alguien sentados en bancos de la calle. En la pequeña pantalla del rincón izquierdo de la multipantalla seguían los asuntos a ritmo más que frenético; robos en supermercados, rateros del metro, golpes de coches, mujeres maltratadas, despidos colectivos, recursos contra la administración por impago de pequeñas facturas, peleas callejeras, ofensas a la autoridad (la que sea), etc.

Detrás de la segunda multipantalla, una tercera rememoraba la corrupción de decenios anteriores. Y había más multipantallas, una detrás de otra. Pero la pequeña pantalla del rincón izquierdo solo permanecía encendida en la primera; esa era la actualidad. Todo lo demás iban pasando a la historia de no sé qué asuntos, porque se iban olvidando, dejando rastros cada vez más difuminados. Seguramente porque su complejidad invitaba a recorrer vericuetos reales y legales, para, al final, no llegar a ningún sitio; como mucho a algún asunto fiscal de poca monta que acababa endilgado a cualquier currante de segunda fila.

De vez en cuando, en alguna de las multipantallas que podía percibir, porque otras muchas se perdían en el sinfín del espacio, tintineaba la luz de una pantalla que, además de aumentar, permitía escuchar, aunque no entender; hablaban, sí, y yo oía las palabras diferenciadas, pero no entendía nada; era la locura de la locuacidad sin sentido. En otras ocasiones veía que los personajes movían los labios, pero no escuchaba nada, porque, seguramente, no habían dicho nunca nada. En otras ocasiones este mismo fenómeno ocurría con la pantalla del ángulo inferior izquierdo del primer panel de multipantallas; aparecía un personaje, que llenaba toda la pantalla, y soltaba unas frases memorizadas detallando lo que se debía hacer para acabar con la corrupción; pero esos discursos no se escuchaban en el resto de las pantallas, que seguían a su ritmo lento, pausado y pautado, para acabar en los papeles de las historias que ya nadie recordaría. Se olvidaban no porque pasara el tiempo, sino porque otras historias de corrupción nuevas ocupaban las pantallas de asuntos trasnochados.

Cuando me desperté esta mañana, además de lo relatado, me vinieron a la cabeza las tres citas del encuadre de este sueño. A lo largo del día, hasta que me he puesto a transcribir este sueño, han ido apareciendo en mi memoria otras muchas citas referidas a la corrupción y a la justicia. Ya despierto, creo que ambas se creen sordas, ciegas y mudas, y en eso se equivocan, porque les vemos en escena, y asistimos a las narraciones de los hechos; lo más importante, no nos dejan mudos, que es la aspiración de los corruptos y de los injustos.

Madrid, 19 de mayo de 2016.